En primera persona, el director de orquestas sastrense relata los momentos previos al concierto homenaje a Julio Viera. Fue su primera experiencia en una de las cinco salas de Opera más importantes del mundo.

   La idea de ser director de orquesta se me cruzó por la cabeza, por primera vez, a los 12 años. Supe que quería hacer eso en y de mi vida. Claro que la imagen que te tenía de esta profesión en aquella temprana edad difería bastante de la realidad pero, aún así, en esa imagen de niño había de cierto lo que es la esencia de mi vida. La música empezó muy temprano, a los 8 años, cuando comencé a estudiar en el Liceo Municipal de Sastre; de ahí en más, pasando por un camino muy largo, nunca se detuvo.

   Estaba pensando justamente en todas estas cuestiones en el momento en que me dirigía al Teatro Colón. Incluso en el trayecto recibía mensajes al celular de familiares y amigos que me escribían para felicitarme y desearme suerte. Pude responder algunos de esos mensajes, pero una vez en el teatro, apagué el teléfono y comencé con el ritual de la concentración.

   Todos los músicos tenemos un ritual antes de salir al escenario, incluso esto es algo que se va modificando con el tiempo y con las experiencias. En lo personal, una vez en que estoy en la sala donde será el concierto (generalmente llego dos horas antes), me gusta recorrerla un poco, caminar, hacer unas muy breves pruebas de sonido con los músicos. En el camarín, donde esperamos juntos el momento de salir a tocar, el clima es distendido y relajado; hablamos, intercambiamos opiniones sobre temas generales, sobre la familia, también nos contamos anécdotas de conciertos pasados; pero a medida que la hora se acerca todos empezamos a ser más medidos con la palabra, hasta que finalmente nos retraemos al silencio, o a los sonidos en los que estaremos inmersos en breve. Finalmente, todos coincidimos en el silencio y en las miradas, miradas que transmiten confianza mutua y éxitos (¡mucha merde!, como solemos decir en la jerga).

   Sabemos el tiempo que le hemos dedicado a la preparación del concierto, las horas de estudio individual, las horas de ensayo grupal. Esa carga de experiencia, ese camino transitado, es lo que nos sostiene en ese momento. A pocos minutos de salir es cierto que a casi todos (si no a todos literalmente) se nos acelera un poco el ritmo cardíaco; no son nervios en sentido estricto, sino la sensación de comenzar algo que tiene un principio y un fin concretos y que tantas veces hemos practicado y ensayado, y a lo que tanta dedicación le hemos dado. Una vez en el escenario, ubicado en el lugar del director, y antes de bajar las manos para dar comienzo a la obra, siento la necesidad de mirar a los ojos a cada uno de los músicos; es algo efímero, pero que tanto a ellos como a mí nos dice que estamos juntos, que somos un gran equipo y que estamos en función de la música (algo que muchas veces está más allá de las palabras). Ante esa mirada, siempre recibo breves sonrisas silenciosas que me responden: “empezá, está todo bien, estamos con vos”; como director de orquesta, ésta es la mayor y más valiosa certeza que puedo tener en el escenario.

   En el preciso instante en el que me dirigía del camarín al escenario pude ver, por un lateral, a Natalia y Elena (mi pareja y mi hijita) y, un poco más adelante, a dos amigos de la infancia, amigos que por distintas razones (o por la vida misma), hacía años que no veía. Estaban ahí, entre el público. También me vieron pasar y no pudimos contener un saludo brevísimo y sobre la marcha les dije, casi con una mímica y para no romper el silencio de la sala, que luego nos veríamos más tranquilos (era imposible detener el tiempo).

   Así subí al escenario, con tantas horas de ensayo y trabajo, con momentos de silencio y concentración, con imágenes del pasado, con la certeza, la presencia y el apoyo de las personas más queridas, y con unas miradas amigas de la infancia y del presente. A último momento, todos ellos me empujaron con más fuerza a la música que estaba por venir.

A todos, gracias.

Federico Gariglio

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